jueves, 17 de julio de 2014

Canciones para recordar

Recordar algunas de las canciones que han acompañado nuestra infancia, de la mano de una autora que realmente sabía encontrar las palabras mágicas para escribir poesías y cuentos para niños. 

Canciones de María Elena Walsh:


Canción del Jacarandá


En el país del Nomeacuerdo


Marcha de Osías


Estamos invitados...

El Reino del revés

Me dijeron que en el Reino del Revés 
nada el pájaro y vuela el pez, 
que los gatos no hacen miau y dicen yes 
porque estudian mucho inglés. 

Me dijeron que en el Reino del Revés 
nadie baila con los pies, 
que un ladrón es vigilante y otro es juez 
y que dos y dos son tres. 

Me dijeron que en el Reino del Revés 
cabe un oso en una nuez, 
que usan barbas y bigotes los bebés 
y que un año dura un mes. 

Me dijeron que en el Reino del Revés 
hay un perro pekinés 
que se cae para arriba y una vez 
no pudo bajar después. 

Me dijeron que en el Reino del Revés 
un señor llamado Andrés 
tiene 1.530 chimpancés 
que si miras no los ves. 

Me dijeron que en el Reino del Revés 
una araña y un ciempiés 
van montados al palacio del marqués 
en caballos de ajedrez. 

Vamos a ver cómo es 
el Reino del Revés.
María Elena Walsh

Casita de papel



La casita de los versos 
es de papel y chiquita, 
pero allí cabe de todo 
lo que uno necesita 
en sus siete habitaciones 
con sus siete ventanitas: 
En una hay sueños violetas, 
hay en la otra, sonrisas; 
en la tercera, un gigante 
bien dibujado con tiza 
que guarda hermosas palabras 
debajo de la camisa... 
En la cuarta habitación 
un cofre con musiquitas; 
en la quinta, dos espejos 
para ver cosas bonitas... 
(por uno se ven los pájaros 
y por el otro, estrellitas...). 
En la sexta habitación 
cubre paredes y suelo, 
un jardín de tulipanes 
con césped de terciopelo 
y escalera-caracol 
para ir a bailar al cielo. 
En la séptima hay dos lunas 
en el fondo de un baúl: 
una huele a azúcar tibia, 
la otra a perfume azul... 
una usa hebillas de oro, 
la otra moños de tul. 
¡Ay! ¡Qué casa primorosa, 
de papel y tan chiquita! 
pero... . ¿han visto?, cabe todo 
lo que uno necesita 
en sus siete habitaciones 
con sus siete ventanitas.

Elsa Borneman

(Imagen tomada de la red)

miércoles, 16 de julio de 2014

Yo

Yo, el desvergonzado, 
travieso, alocado, 
que por ti me atrevo 
y todo lo pruebo: 
magia, equilibrismo 
o malabarismo; 
que bailo con zancos 
o salto los bancos, 
que ensayo piruetas 
con mi bicicleta 
o ando de cabeza 
con las piernas tiesas; 
que hasta disfrazado 
paso por tu lado 
para que me mires... 
para que suspires 
por el superpibe 
que todo lo consigue... 
no me animo, hermosa, 
a hacer una cosa, 
la más sencillita, 
tan dulce y bonita 
como tu mirada 
-pichoncito de hada- 
Ah, que tengo miedo, 
que no, que no puedo 
decirte un sincero 
¡te quiero! ¡te quiero!

(por Elsa Bornemann)

martes, 15 de julio de 2014

El traje nuevo del emperador

   Hace muchos años vivía un Emperador que no pensaba más que en estrenar trajes. No se preocupaba de nadie y sólo iba al teatro o a pasear en su carroza por el parque para estrenar su ropa nueva. Tenía un traje para cada hora del día, todos diferentes, y se decía de él que siempre estaba en el cuarto ropero. En su ciudad vivía mucha gente y cada día le visitaban sastres para hacerle trajes.
   Un día, se presentaron en palacio dos granujas que se hicieron pasar por tejedores. Dijeron que sabían tejer la tela más fina que existía. En verdad, no habían cosido nunca, pero engañaron al emperador contándole que toda la ropa que hicieran con esa tela sólo podrían verla las buenas personas. Para todos los que no hicieran su trabajo y para los que fuesen antipáticos la ropa sería invisible.
   -¡Qué telas más maravillosas! dijo el Emperador -. ¡Ordenaré que todos los habitantes del reino se hagan vestidos de este tejido mágico. Así podré descubrir a los que no trabajen bien o a los que sean antipáticos! Y... ¡También yo me encargaré un vestido de esa tela!
   Y pagó un montón de dinero a los granujas para que se pusiesen a trabajar inmediatamente. Estos fingieron tejer a toda prisa, pero no era cierto. Imitaban los movimientos de los sastres, para hacer creer en palacio que estaban trabajando.
   "¡Me gustaría saber si estos tejedores avanzan en su tarea!", pensó el Emperador. Pero no se atrevía a visitar a los tejedores, porque todos los que fuesen antipáticos o no supiesen hacer su trabajo no verían el traje, y por si acaso él no lo veía no quería ir.
   Entonces, envió al Primer Ministro y, cuando éste entró en la habitación para ver cómo iba el traje del Emperador, pensó: "¡No veo nada!", pero, claro, no podía decirlo por si pensaban que era antipático o no trabajaba bien.
   - Bien, Señor, ¿qué decís de esta tela? - preguntaron los granujas.

   -¡Oh, es preciosa! ¡Encantadora! ¡Qué dibujo más elegante! ¡Qué vivos colores! 

   - Nos gusta oírle hablar así contestaron los bribones -. A su Majestad le va a gustar.


   Cuando llegó a Palacio le contó al Emperador lo bonito que era el traje. El rey envió a otra persona del reino para que le diera otra opinión, pero pasó lo mismo: 

   -¿Verdad que es una hermosa tela? - preguntaron los granujas. 
   Pero él pensó: "¿Es posible? ¡Yo no veo nada! Si lo digo pensarán que no trabajo bien o que soy antipático". 
Por eso contestó: 
   -¡Es preciosa!


   Días más  tarde, los bribones llevaron el traje invisible al Emperador. 

   Cuando éste lo vio, pensó no veo nada, absolutamente nada: 
¿Seré antipático? ¿No seré buen Emperador. Pero no podía decir eso y comento: 
   -¡Es hermosísimo! 
   Todos sus acompañantes aconsejaron al Emperador que lo estrenara. Nadie veía nada, pero todos decían: 
   -¡Es prodigioso! ¡Qué bonito!: 
   Los dos granujas le ayudaron a ponerse el traje y salió desfilando desnudo ante todos los habitantes del reino. Todos le veían sin ropa, pero comentaban: 

                  
   -¡Qué hermoso el traje del Emperador!. Solamente una niña que le vio desfilar fue capaz de decir la verdad:


   -¡Pero si no lleva nada! 

   Y los demás empezaron  correr la voz: 
   -¡Una niña inocente dice que no lleva nada: 
   - Está desnudo Ja, ja!  ¿Es que no se da cuenta?. 
   Y el Emperador, que estaba muy disgustado porque pensaba que tenían razón, pensó que tenía que aguantar hasta que acabase todo el desfile. Y siguió adelante más estirado que nunca, mientras los, granujas  escapaban hacia las montañas con un saco de oro cada uno. 


Hans Christian Andersen

GANAS DE VOLAR

Tengo una abuela astronauta. Muchos años trabajó en la NASA y se acaba de jubilar. Dice que quiere estudiar para chef porque antes, con todo lo que viajaba, nunca tenía tiempo para hacerse ni un huevo frito.
Ahora que yo estoy más grande, le entiendo mejor cuando cuenta sus historias planetarias. La verdad es que en casa no la escuchan, creo que piensan que miente un poco. Además, a nadie en mi familia le importa si sale el arco iris en Saturno, o si nace o muere una estrella.
A mí me encanta escucharla y yo también quiero ser astronauta. Por eso estoy contento de que esté más tiempo cerca y le insisto para que venga a visitarme. A veces viene pero se va enseguida. Casi siempre se enoja con mi mamá y le dice que se va a ir a Marte en cualquier momento. Siempre le escucho decir que tiene ganas de volar.
Creo que se está fabricando un cohete espacial en el fondo de su casa. Eso me lo contó cuando le pregunté cómo era que se iba a ir Marte si ya no trabaja más para la NASA. Que guarde el secreto, dijo mi abuela y a lo mejor, ahora que estoy crecido –como dicen– la puedo ayudar así de paso aprendo algo de astronáutica.
Esta tarde cuando salga de la escuela me pego una corrida y le digo que no perdamos más tiempo. Quiero saber si ese cohete va a funcionar.
Son como las dos de la tarde y allá viene mi abuela de su curso de cocina y con una torta en la mano. Aprende rápido, mi abuela. Yo la apuro con el asunto del cohete y le pido verlo. Ella me contesta:
—Por ahora tiene forma de otra cosa.
—Abu, no me estarás mintiendo, ¿no? —. Y la miro a los ojos.
—Vení a verla —me dice.
—¡Eso es una hamaca!
—Por ahora sí, te lo dije —aclara la abuela.
—No entiendo, abu, ¿qué tiene que ver esta hamaca?
Tengo que ser paciente si quiero ser astronauta. Y me pide que suba a la hamaca y yo no quiero porque me estoy poniendo grande.
—Hamacarse es cosa de nenitos —le digo y ella insiste. Me niego varias veces. Hasta que se sube ella y me explica cómo sentarme: tirando el peso del cuerpo hacia atrás y levantado las piernas para el cielo. Ahora me dice que suba y bueno… le hago caso esta vez.
—¡Que nave ni ocho cuartos, abu! —. Y mi abuela me empuja. La hamaca se balancea. Que cierre los ojos, me pide. Y yo voy y vengo en el aire. Y después voy más arriba y el vaivén de la hamaca me da viento en la panza.
¡Uauh! No abro los ojos y comienzo a volar. Todo mi cuerpo se cubre de sensaciones nuevas, detrás de los ojos cerrados, bien adentro, se forma un arco iris. Se me había olvidado cómo era. ¡Estoy volando! Cuando bajo le doy un abrazo a mi abuela. Y vamos a comer la torta.
—Pero abu —le digo—, mirá que vas a tener que contratar a un ingeniero si querés darle forma de nave.
—Y sí —dice—, es cierto. Ya tenemos una buena parte. Con las ganas de volar se empieza.
La hamaca se balancea a nuestras espaldas, el sol le pega en las cadenas y, lentamente, se cubre de una luz de metal. Como una nave gira sobre sí misma. ¡Está por despegar!

Graciela Vega


FIN

COLA DE FLOR,


Un día, le brotó a Saverio una margarita en la punta de la cola.
Era lindísimo sentirse un perro que, en vez de terminar en perro, terminaba en flor.
—Guau, guau —ladró Saverio, con los ojos redondos—. Y ahora, ¿qué hago?
Pero no tuvo mucho tiempo para pensar, tía Sidonia lo puso sobre una carpeta con flecos, en una mesita.
—Hoy vienen mis amigas a tomar café —dijo—, y no conseguí flores para adornar la casa. Saverio, trabajarás de florero esta tarde.
—Guau, guau —rezongó el perrito—. Yo me aburro aquí, haciendo de florero.

—Quédate quietecito y con la cola bien alta para que se vea la margarita.
Llegaron las amigas de tía Sidonia. Todas traían dulces y hablaban al mismo tiempo.
Saverio se asustó muchísimo ante tanto ruido y escondió la cola entre las patas. Pero cuando más la estaba escondiendo, una señorita vio la flor y dijo:
—Voy a deshojar esta margarita, diciendo me-quiere-mucho-poquito-nada, para ver qué tanto me quiere mi novio.
Entonces Saverio dio un gran salto por la ventana y aterrizó en la banqueta. Había mucha gente apuradísima. A nadie se le ocurrió que era bonito ver un perro con la cola florecida. Los señores y señoras sólo querían quitarle a Saverio la margarita.
Un señor la quería para ponérsela en el ojal.
Una señora gorda, para adornar un pastel de chocolate.
Una señora flaca, para hacer té de margarita con limón.
Un domador, para azuzar al león.
Y un merolico, para ponérsela en la oreja y empezar a pregonar.
Saverio se escapó, y asustado, se puso a espiar desde la esquina.
Entonces empezó a llover una lluvia cantora. Con la lluvia llegó Laurita, la niña del paraguas rojo.
— ¡qué cosa tan linda! —le dijo al perro—. ¿Qué hiciste para que te floreciera la cola?
— No sé —dijo Saverio con un poco de vergüenza—. Me pasan cosas que a veces no entiendo.
— Es muy lindo tener margaritas en la cola —dijo Laurita.
— ¿Verdad que no me quieres quitar la margarita como todos los demás? —preguntó Saverio asombradísimo.
— ¡No, no! —dijo Laurita riendo, y al reírse, la lluvia pintó la calle de azul—. ¿Vamos a pasear?
Laurita y Saverio se fueron saltando. Al saltar hacían un chisporroteo de gotas y abrían con el paraguas un enorme, enorme agujero de agua.


FIN


Devetach, Laura, Español, SEP, México, 1984